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Escándalos contables: porqué son mayores hoy y sus implicaciones regulatorias
miércoles, 02 de agosto de 2006

ImageEn el funcionamiento del mercado de valores siempre se ha aceptado sin mayor problema, que los estados financieros publicados por las emisoras; es decir, las empresas que pueden acudir a este mercado en busca de capital mediante la emisión de acciones, o crédito mediante la emisión de bonos, lleven un cierto grado de maquillaje. 

En el funcionamiento del mercado de valores siempre se ha aceptado sin mayor problema, que los estados financieros publicados por las emisoras; es decir, las empresas que pueden acudir a este mercado en busca de capital mediante la emisión de acciones, o crédito mediante la emisión de bonos, lleven un cierto grado de maquillaje.

Además, se presentan con tal agregación, que es difícil precisar en dónde y hasta dónde, las cifras reflejan la creatividad, que pudiera considerarse inaceptable. Cabe resaltar que además de la gente que elabora los estados financieros de las empresas, hay un ejército de individuos que se ganan la vida (y en general viven bastante bien) analizando e interpretando los citados estados financieros con el objeto de hacer algún tipo de recomendación; ya sea para los inversionistas, los acreedores o los reguladores.

En este sentido hay analistas fundamentales mejores que otros, pero definitivamente no todos son deshonestos o tontos. Cualquiera que haya asistido a un encuentro bursátil entre analistas y directivos de alguna empresa, habrá presenciado un evento de esgrima verbal en donde los analistas preguntan con el objeto de aclarar información que parece confusa, dudosa o maliciosamente distorsionada, con la intención de que los funcionarios de la empresa se contradigan o cometan alguna indiscreción, la cual evidencie en qué grado y en dónde están maquilladas sus cifras; y por otro lado, que los directivos de la empresa respondan de la forma más vaga posible para no comprometerse, sin que los demás se irriten.

Sin embargo, aunque el intercambio ponga de manifiesto alguna falsedad, difícilmente conduce a una modificación seria de la información pública sobre la empresa, a menos que sea inevitable y para entonces ya es demasiado tarde en general.


Además, aunque los estados financieros estuvieron elaborados con el mayor escrúpulo y dedicación, jamás revelarán todo sobre un negocio. Por esta razón, ningún analista fundamental que se respete, se conforma simplemente con analizar la información pública; ya que insistirá en hablar con el mayor número posible de ejecutivos de la empresa, visitar la planta, revisar la operación y entrar hasta donde le sea posible.

El interrogatorio de los encuentros bursátiles no es muy complicado ante lo que sucede cuando el analista logra entrevistar a los funcionarios a puertas cerradas, donde el deporte puede volverse sutil o no tanto, pero en cualquier casó, con abundante segregación de adrenalina por ambas partes.


Aparte del hecho de que los estados financieros jamás serán capaces de contar toda la historia sobre una empresa, los argumentos que han permitido la aceptación o tolerancia de la situación descrita durante tantos años, son en primer lugar: que las empresas “no pueden revelar todos sus secretos para no quedar a merced de la competencia”; en segundo lugar, siempre se ha pensado que un exceso de apertura puede conducir a una “interpretación errónea” de la verdadera situación de la empresa y una reacción exagerada del mercado, que puede afectarla seriamente al igual que a sus acreedores.

Algunos, podemos argumentar con pleno conocimiento de causa, que al mercado le encanta el deporte: “créanme, este deporte se puede volver tan obsesivo y pasional como el fútbol para los brasileños”. Finalmente, cuales sean las razones, llevamos décadas y quizá más tiempo, sin que alguien pareciera preocuparse demasiado por el asunto.


A través de los años, y desde luego mucho antes que los casos de ENRON y WORLDCOM, se han presentado casos parecidos y altamente publicitados, de quiebras sorpresivas de empresas que lograron engañar al público hasta el último momento. Hay libros de texto de uso corriente, repletos de casos perfectamente documentados, en donde la “contabilidad creativa” y otras nubes de humo utilizadas por las empresas, lograron engañar a muchos analistas, accionistas, acreedoras y hasta gobiernos. En todos estos casos, mucha gente perdió dinero, se destruyó capital y por supuesto las fuentes de empleo.


En lo que a “artimañas y argucias contables” se refiere, éstas también están perfectamente estudiadas y documentadas al igual que los resonados casos utilizados para ilustrarlas, e irremediablemente forman parte del programa de estudios en maestrías de administración de empresas, de cualquier universidad medianamente respetable.

Prácticas como la “exageración y la aceleración de ingresos”, la contabilización de ventas no cerradas (y muchas veces ni siquiera en proceso de negociación), como hacer cuentos chinos en materia de financiamiento, y como manipular los flujos de efectivo, se han discutido hasta el cansancio, prácticamente en todas sus variantes. La creatividad en materia de impuestos es en verdad alucinante.


Evidentemente, todo esto se sabe y se ha tolerado desde muchos años, a pesar de sus posibles consecuencias; entonces: ¿por qué tanto escándalo ahora?, ¿es diferente la crisis actual a otras, por ejemplo la del ochenta y siete que todos sobrevivimos y donde muchos regresaron después para amasar fortunas en el boom de los noventas?

En mi experiencia, cuando los mercados van al alza, los que hayan salido raspados o quedado en la ruina por una interpretación equivocada o un análisis pobre de estados financieros maquillados, no merecen siquiera una conmiseración. Si el afectado es un miembro conocido del establishment, frecuentemente su drama causa una morbosa hilaridad, que será transmitido a las futuras generaciones sin misericordia.

¿Qué es entonces lo que hace más o menos objetables a estas prácticas?, ¿será que sólo nos preocupamos cuando los mercados se derrumban o nos vemos en la antesala de ursa recesión económica? A mi juicio, las economías boyantes y los mercados alcistas no las vuelven ni más ni menos aceptables u objetables que los mercados a la baja, o las economías en recesión, Además, no hay unas prácticas más nocivas que otras.

Cualquiera de ellas puede engañar a alguno o a todos los analistas e inversionistas en algún momento, haciendo que mucha gente pierda dinero. ¿Esto significa que tales prácticas, no importa en qué medida, deben prescribirse como fraudulentas, imponiendo penas severas a todos los practicantes? Habría que pensar seriamente en la alternativa de habilitar el reclusorio “Guillermo Cañedo (antes Azteca)”, para albergar a los malhechores y ni así, nos damos abasto, aparte de que nos quedamos sin empresarios.

¿De verdad existe un término medio feliz, que reduzca estas prácticas a un cierto nivel razonable?, ¿quién define el significado de razonable en este contexto? Dicho de otra manera, si el árabe quiere vender al camello, ¿lo podemos obligar a hablar mal del camello aunque esté enfermo? Estoy seguro de que la respuesta es muy distinta dependiendo de a quién se le pregunta y cuánto dinero ganó o perdió.

¿Esperamos entonces, simplemente que pase el escándalo, y luego reanudamos como si nada? Después de todo, ante expectativas de crecimiento, los mercados rápidamente desarrollan Alzheimer. En lo personal, no creo que las preguntas anteriores tengan una respuesta tajante, simplemente porque corno cualquier técnica, la contable también tiene limitaciones que desafían cualquier intento de hacerla a prueba de malos usos o interpretaciones erróneas, aun en las mejores circunstancias.


Ahora bien, los analistas fundamentales, aquéllos cuyas opiniones se basan de manera importante en el análisis de estados financieros, expectativas económicas y de los fundamentos de los negocios (de ahí el calificativo) dentro del sector donde se desempeña la empresa en cuestión, no es la única variedad de fauna analítica que habita la jungla del mercado de valores, y hace recomendaciones sobre qué comprar y qué vender.

El llamado Análisis Técnico que en su expresión más burda proporciona una serie de reglas para el reconocimiento de patrones en los movimientos de los precios de activos financieros, y lo que puede esperarse en consecuencia, tiene alrededor de 100 años de existencia y muchos seguidores. Un movimiento más reciente es el de los quants  que piensan en términos matemáticos y estadísticos como: medias y desviaciones estándar de rendimientos, correlaciones, letras griegas y medidas de riesgo bastante complicadas. Ninguno de éstos, basa sus opiniones fundamentalmente en el análisis de estados financieros, aunque en mayor o menor medida, no los ignoran del todo.


Estas dos técnicas tienen un sustento científico: los quants se adhieren a la teoría moderna de finanzas, mientras que los analistas técnicos creen en el reconocimiento de patrones; es decir, que los patrones que forman los movimientos de los precios de los activos financieros, reflejan la psicología del mercado,  a lo cual que puede aplicarse ciertas técnicas de la inteligencia artificial.

En sus versiones más avanzadas, se empieza a parecer a algunas de las cosas que hacen los quanta, pero el cuento no termina aquí. Hay otras especies de analistas que siguen corrientes de pensamiento más místicas que científicas y que contribuyen a crear aún más confusión.

Si alguien cree en la astrología, un modesto crucero por la internet, lo conducirá fácilmente a la página web de algún astrólogo del mercado, que basa sus recomendaciones en las implicaciones de la presente alineación entre Júpiter y Venus, o algo por el estilo. Es más, puedo asegurar que hay más de un Zoroastro o Nostradamus de Wall Street, que afirma que él vio la crisis actual en las estrellas mucho antes de que ocurriera.


Si se ha de hacer algo sensato al respecto, a mi juicio es indispensable atender dos elementos adicionales: la propia responsabilidad de los mercados en la gestación de estas crisis, y el tema de los esquemas de compensación para ejecutivos de las empresas. Muchos años antes de caer en la crisis actual, en lo álgido del crecimiento del mercado.

El gobernador de la Reserva Federal Alan Greenspan, lanzó la advertencia en términos inequívocos y por demás floridos, en lo que calificó como la exuberaneja irracional del mercado. Su preocupación no pretendía alertar al mercado sobre la contabilidad creativa ni nada por el estilo, sino llamar la atención a la excesiva creatividad para racionalizar al comportamiento irracional de los mercados, cuyo nivel ya consideraba que estaba fuera de toda lógica económica.

El mercado quería mantener la tendencia alcista, y muchos analistas y comentaristas respetados, hicieron contorsiones racionalistas “antinatura”, llegando al punto de idear nuevas medidas de desempeño y valuación, para sustentar los cuentos que se inventaron para justificar sus opiniones de porqué el mercado en general, y ciertas acciones en particular (v,gr. las tecnológicas y las dot.com) aumentarían en precio más o menos indefinidamente.


Sin duda, muchos de ellos llegaron a creer fervientemente sus propias historias y los charlatanes se dieron vuelo. Es notorio cómo se tomaron decisiones sin el más mínimo sustento fundamental: ¿por qué compraste tal acción ayer?, ¿por qué aumentó tanto por ciento de precio el día anterior?, ¿cuáles estados financieros?

El fuego lo atizaron los esquemas de compensación y otorgamiento de bonos de desempeño de los directivos de las empresas, que alinearon los intereses de estos con eI crecimiento de los precios de las acciones de las empresas donde trabajan y así sostener el crecimiento del mercado. Como lo señala Barbara Tuchman:  la avaricia, la incompetencia, la deshonestidad, la arrogancia, la complacencia y la estupidez, se combinan en una mezcla explosiva que difícilmente puede desactivar el consejo sabio y prudente, no importa de quien venga”, esto parecería significar un fuerte revés al principio de la autorregulación del mercado, pero tampoco es novedad.


Entonces, si se han vivido situaciones parecidas, por las mismas razones y sin grandes escándalos ¿qué es lo que ha cambiado? Para empezar: la globalización, la mezcla de participantes y su número, el exceso de información y de recomendaciones provenientes de toda clase de analistas, asesores y comentaristas, y la velocidad de transmisión de noticias, información y órdenes de compra y venta de títulos. La globalización significa que el contagio de euforia y crisis en los mercados tiene mayores alcances a nivel global.

El bombardeo de información, que incita a la gente a meterse al mercado cuando las cosas van bien, es tan difícil resistir, como el canto de las sirenas para Ulises. Cuando el mercado se desploma, el bombardeo de noticias malas contribuye a crear el pánico, y la rapidez de los sucesos hace imposible esquivar el golpe. Cuando se combina todo esto con la facilidad que existe hoy en día a para que los pequeños ahorradores puedan meterse al mercado (animándolos a hacerlo), empezamos a ver porqué el escándalo es mayor hoy que antes.


Aunque en el crack del ochenta y siete, muchos pequeños ahorradores ya se habían aventurado a nitrar al mercado y sufrido las consecuencias, no creo que la mezcla entre inversionistas experimentados, (que difícilmente podrían culpar a otros por sus errores) y neófitos fuera tan desproporcionada como lo es hoy.

Primero, por las facilidades actuales para entrar al mercado por medio de fondos ofrecidos por bancos, administradores de fondos, casas de bolsa y compañías de seguros, que admiten pequeñas inversiones. Pero además, en muchos países los pequeños inversionistas pueden comprar y vender acciones directamente por internet, Por si fuera poco, cualquiera que haya invertido su ahorro en algún fondo de pensiones estaba en el mercado aunque no lo supiera, Todas estos inversionistas estaban en desventaja respecto a los demás.


Si tomaron su propias decisiones de inversión, aunque tuvieran cierta sofisticación financiera, conocieran todas las artimañas de maquillaje contable conocidas y creyeran en el análisis fundamental como la palabra del inversionista divino, jamás tendrían acceso a los altos directivos de las empresas, ni el tiempo necesario para hacer su propio análisis a fondo. Necesariamente, tenían que confiar en la información consultada y las decisiones que de ahí se derivaron. Entre la plétora de información disponible, seguramente había señales y recomendaciones que tomadas en serio, conducían a tomar decisiones prudentes y acertadas.

Sin duda, algunos pequeños inversionistas tomaron nota y actuaron con prudencia, pero en general, el embrujo del canto de las sirenas ganó la batalla. Los que actuaron da acuerdo con el análisis técnico o cuantitativo, deben haber pasado a engrosar las filas de damnificados del mercado, ya que la información utilizada estaba altamente contaminada de exuberancia irracional, como diría Greenspan.

En cuanto a los seguidores de la astrología, aquéllos de inclinaciones “catastrofistas”, probablemente, se salvaron, mientras que los optimistas corrieron con la misma suerte que sus contrapartes menos místicas (pensándolo bien, si la proporción de catastrofistas es más o menos parecida a la de optimistas, puede que la astrología no sea tan mala después de todo).

Entre los pequeños inversionistas habrá algunos en estado de autoflagelación, culpándose por las decisiones tomadas y por no haber escuchado los consejos de los prudentes, porque para muchos, la aceptación de los propios errores no es fácil y provoca el sentirse engañados y muy enojados. Este asunto de “mala vibra”, seguramente se magnifica en todos los que confiaron en otras personas, quienes supuestamente entendían perfectamente el manejo de la bolsa. Por otra parte, los que estaban en el mercado sin saberlo, deben estar aún más enojados.


Aunado a lo anterior, no sólo los pequeños ahorradores perdieron dinero, también los inversionistas experimentados, grandes y poderosos, salieron perjudicados, aunque estén perfectamente concientes de que no pueden culpar a alguien; por ello, estarán resentidos por la pérdida de imagen y lo que esto significa para su negocio. Evidentemente, si también piensan que los engañaron, y que ningún tipo de análisis experto hubiera revelado las mentiras que se creyeron también muestran su enojo. Si sumamos todas estas cosas (más las que seguramente se escaparon), a un escenario recesivo, deja de sorprendemos la magnitud del escándalo.


Por consiguiente, esto es terreno fértil para cualquiera que desee una mayor regulación del mercado. Como el origen del problema es el cuchareo de estados financieros, es lógico que se fije aquí la atención. Aunque, puede ser un buen lugar para empezar, en lo personal no creo que ningún tipo de refinamiento y escrúpulo contable, pueda proporcionar una visión cristalina de lo que sucede en las empresas, y desde luego no a los ingenuos y neófitos.

Mucho menos garantiza que se evite o siquiera atenúe el ya conocido ciclo de euforia-crisis-escándalo, dentro de un futuro previsible. Así como hay analistas, inversionistas experimentados y Contadores que se esmeran para ser honestos y objetivos en su interpretación de estados financieros, y a su vez permanecen ecuánimes en las “duras y las maduras”; siempre habrán otros que son incapaces de contener su perenne optimismo creyendo cualquier historia que se inventan, además de los charlatanes y los ladrones, capaces de seducir a algún grupo de seguidores y arrastrarlos al abismo.

Asimismo, está claro que éstos son mejores vendedores que los otros, después de todo, sus cuentos son más bonitos, usando términos menos técnicos y por lo tanto, más fáciles de entender por el común de la gente. Por eso son tan peligrosos.


En resumen, aunque el escándalo lo haya detonado un fraude contable, creo que hay otros problemas del mercado que deben atenderse para recuperar la confianza de los Inversionistas. Pensar que se va a reestablecer le credibilidad del mercado, simplemente por medio de estándares contables más exigentes para las empresas que cotizan en bolsa, en cuanto a detalle y buscando disminuir o minimizar las posibilidades de maquillaje, o mediante exámenes más estrictos para los analistas, me parece ilusorio, aunque este tipo de medidas le pueden dar un empujón en la dirección correcta.

Por ejemplo: ¿realmente se puede suponer que en algún momento los inversionistas pequeños pueden y quieren convertirse todos en analistas fundamentales expertos, de manera que siempre tomen decisiones prudentes, asumiendo plena responsabilidad de sus decisiones de inversión, simplemente porque la veracidad de los estados financieros de las empresas está por encima de toda sospecha, en el entendido de que se han diseñado los mejores estándares contables imaginables? Francamente lo dudo, cuando menos no en lo que me queda de vida; así es que pueden existir razones válidas para tratar de proteger a los inocentes.

Pero entonces, ¿hasta dónde tenemos derecho a impedir que la gente invierta como desee y por las razones que quiera? El diseño de una regulación que proporcione los incentivos correctos para que los directivos de las empresas, no formen parte del coro de las sirenas ni contribuyan a montar o patrocinar el espectáculo (hoy en día en estado de hibernación) se antoja como un reto formidable. Pero aun esto palidece ante la problemática de tratar de armonizar la cacofonía producida por la sobreabundancia de información y las recomendaciones de analistas y asesores de diferentes especies y motivos, sacando a los charlatanes e incompetentes del coro y por supuesto a los pillos.


Por ejemplo, ¿tendría sentido que la autoridad competente, como la SEC,  el FSA  o la CNBV  obligue a los manejadores de dinero a poner en algún lugar visible un mensaje del tipo: ¿invertir en el mercado de acuerdo con nuestras recomendaciones puede perjudicar sus ahorros y su salud?,  aunque se pudiera pasar por el congreso (lo cual en estos días no se ve nada fácil, sobre todo si la iniciativa viene del ejecutivo) ¿serviría de algo?


Ahora bien, los mercados golpeados, a la baja y volátiles, sí que son perjudiciales para la economía, pero como ya se dijo tienen memorias cortas, como dice el viejo refrán gitano: “No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”.

Así es que, cuando regrese el optimismo y la alegría del mercado (por favor que sea pronto), ojalá se nos haya ocurrido algo sensato para que las sirenas canten algo menos seductor y a menos decibeles (desde luego no los de las bodas). Definitivamente, la prudencia es una aguafiestas, pero las crudas son mortales.

 

Nota: El presente artículo es complementario del número 408 de la Revista Contaduría Publica, correspondiente al mes de Agosto relacionado con el tema: Normatividad.

 

 

 
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