...se presenta en todos los ámbitos de la sociedad y sus causas
responden a problemas culturales, institucionales, y económicos.
Durante muchos años, en México y en otros países
de América Latina, las estrategias anticorrupción de los gobiernos se
centraron en acumular controles y normas, seguidos de mecanismos
correctivos y sanciones para inhibir la corrupción. Con el tiempo, la
proliferación de controles se convirtió en un obstáculo para la
operación eficiente de los gobiernos, y en algunos casos el exceso de
trámites favorecía a la corrupción, en vez de evitarla.
Sin abandonar la aplicación de sanciones, el control y la vigilancia,
los nuevos paradigmas en el combate a la corrupción están orientados a
la racionalización de esos controles y a privilegiar mecanismos
preventivos, ya que es más efectivo y eficiente prevenir la comisión de
actos de corrupción que concentrar todos los esfuerzos en investigar,
identificar, sancionar y corregir las faltas, una vez que se han
presentado.
Combatir la corrupción y promover la transparencia es indispensable
para impulsar el desarrollo de un país. Las instituciones financieras
internacionales, inversionistas, empresas calificadoras y grandes
bancos están concediendo cada vez mayor atención al desempeño de los
gobiernos en el combate a la corrupción como un indicador que determina
el ambiente para la inversión y la competitividad. Los gobiernos que no
obtengan buenos resultados en la promoción de la transparencia, no
tendrán las mismas oportunidades de competir por fuentes de inversión.
El establecimiento de una vinculación cercana y permanente con la
sociedad es un elemento fundamental de la estrategia de cualquier
gobierno en el combate a la corrupción. En todos los programas
anticorrupción que han tenido éxito a nivel internacional, la
participación de los ciudadanos se revela como un factor clave e
indispensable. Un programa anticorrupción no puede funcionar sin
involucrar a la ciudadanía y poner en marcha una estrategia de cambio
cultural en favor de la transparencia.
De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas , la prevención
por medio de la generación de conciencia sobre los costos de la
corrupción es una estrategia que debe acompañar a los mecanismos de
identificación y sanción para que éstos puedan ser efectivos.
En un sistema democrático de gobierno, la participación de la sociedad
es fundamental para prevenir la corrupción y asegurar el funcionamiento
de los mecanismos de rendición de cuentas de los gobernantes. Muchos
expertos en combate a la corrupción coinciden en que “la rendición de
cuentas es una relación de dos vías entre servidores públicos y la
sociedad. Si bien existe la obligación constitucional de los servidores
públicos de cumplir la ley, los ciudadanos deben asegurarse de que
aquellos rindan cuentas.”
Investigadores del Banco Mundial, con base en observaciones hechas en
casos exitosos de combate a la corrupción de varios países, concluyen
que”involucrar a los ciudadanos en el diseño de políticas públicas
puede reducir la corrupción y aumentar la eficiencia, la equidad y la
transparencia.”
Experiencias como las de Palermo, Seúl, Nueva York, Bogotá y otros
gobiernos locales y nacionales en los que se involucró a los ciudadanos
para denunciar los delitos, monitorear los servicios del gobierno y
participar en el diseño de estrategias de combate a la corrupción, han
fortalecido la evidencia de que existe una relación directa y positiva
entre la efectividad de las políticas anticorrupción y la participación
ciudadana.
Cuando los ciudadanos se involucran, ejercitan su voz y demandan
rendición de cuentas, se echa a andar una dinámica social en la que el
desempeño del gobierno mejora y se previene la corrupción.
Involucrar a la sociedad en el combate a la corrupción y la promoción
de la transparencia significa por un lado, hacer concientes a los
ciudadanos del enorme poder que tienen para ayudar a romper un eslabón
de la cadena de la corrupción, y por el otro, lograr su participación
en la construcción de una cultura de transparencia y cambiar los
referentes culturales y sociales que permiten que la corrupción siga
siendo parte de la vida cotidiana de los mexicanos.
La conformación de organizaciones de la sociedad como Transparencia
Mexicana, CIMTRA, LIMAC, el Colectivo por la Transparencia y el
Observatorio para la Transparencia, interesadas en el impulso de la
transparencia, junto a otras organizaciones como Alianza Cívica, que
han hecho suya esa tarea, son muestra de la profundidad del cambio de
actitud de la sociedad mexicana acerca de que el combate a la
corrupción no es ya un asunto que incumbe solamente a los gobiernos. La
construcción de un México más transparente es ahora una labor que
emprenden de forma corresponsable la sociedad y el gobierno.
Coinciden en el tiempo con este cambio de actitud, profundas
transformaciones legales impulsadas en esta administración y apoyadas
por la sociedad, que trastocan materialmente los puntos de referencia
en la relación entre gobierno y ciudadano. Destacadamente, la Ley
Federal de Transparencia y Acceso a la Información Pública
Gubernamental aprobada en 2002, representa un salto formidable en la
consolidación de los mecanismos democráticos de rendición de cuentas.
Durante los dos primeros años de vigencia de la Ley de Transparencia se
recibieron cerca de 70 mil solicitudes de información por parte de la
sociedad mexicana, lo que refleja la enorme demanda acumulada por
conocer la información que se genera dentro del gobierno, así como el
buen recibimiento que ha tenido este mecanismo de transparencia.
La obtención del derecho de poder preguntar al gobierno prácticamente
cualquier cosa y tener los mecanismos para obtener la respuesta es,
después del sufragio efectivo, la reforma democrática más importante de
nuestra historia. La información es poder, y si la información del
gobierno se hace accesible a los ciudadanos, éstos adquieren
necesariamente un mayor control sobre el gobierno; el poder se
redistribuye colectivamente y los gobernantes dejan de tener un control
monopólico sobre la información.
En sociedades libres con ciudadanos que tienen el poder de llamar a
cuentas a sus gobiernos periódicamente en las elecciones y de forma
constante mediante mecanismos de acceso a la información, cada una de
nuestras acciones a favor de la transparencia cuenta y tiene un impacto
real.
Cuando un tema como la transparencia se encuentra tan profundamente
integrado en el interés de la sociedad; cuando existen mecanismos
institucionales que aseguran al ciudadano el derecho a la información
del gobierno; cuando la transparencia forma parte inseparable de la
agenda pública, la participación ciudadana en el combate a la
corrupción no solamente se vuelve más importante: se convierte en una
realidad necesaria.
El derecho a contar con un gobierno que informa y que rinde cuentas es
corolario natural del derecho a elegir libremente a los gobernantes.
Con la participación ciudadana se cierra el círculo democrático que
inicia con las elecciones y se extiende a la celebración de un pacto de
honestidad entre el gobierno y los ciudadanos, en el que ambos son
protagonistas activos y corresponsables en el combate a la corrupción y
en la construcción de una cultura de integridad y transparencia.