*Procesar, Director de Administración y Finanzas
Haciendo una revisión de las normas y procedimientos de auditoría ya establecidos y de la reciente Ley Sarbanes-Oxley, propuesta por la OCDE, la labor de las firmas de contadores tiene un marco de conducta y ética perfectamente definido.
No obstante, si se considera que el trabajo del auditor incluye, además de una revisión basada en aspectos técnicos, el manejo estrictamente confidencial de la información de su cliente y la aplicación de su criterio personal para expresar una opinión sobre la situación financiera, las cosas se complican, especialmente por estos últimos.
A esto habría que agregar que el desarrollo tecnológico constante ha facilitado a los clientes la operación y manejo de su información, evento que implica un nuevo reto para los auditores, ya que deben estar actualizados acerca de estas innovaciones para incorporar, oportunamente, herramientas que faciliten su labor de revisión.
Si bien hay una particular preocupación por estos temas y las normas y procedimientos de auditoría, así como la citada Ley dedican un espacio para definir los requisitos mínimos personales y profesionales del auditor, su condición humana lo hace falible y, por tanto, subjetivo e influenciable.
Afortunadamente, el ser humano cuenta con otras características capaces de contrarrestar estos riesgos. Valores personales como la honorabilidad, la buena fe y el apego a la ética propia y a la de las organizaciones de las que forma parte, son sin duda, algunos de los factores que generan confianza en el criterio del auditor.
Al emitir su opinión, tanto el auditor como la firma que lo respalda, adquieren una enorme responsabilidad personal e institucional, no solo con la empresa auditada sino también con su propia organización y con la sociedad en su conjunto.
En caso de encontrarse irregularidades graves, el asunto podría trascender al ámbito judicial, lo que lo llevaría a asumir el compromiso de sustentar ante un juez las opiniones vertidas y estar sujeto al cuestionamiento de otros sectores involucrados.
Si la firma de contadores no actúa con estricto apego a su código de ética organizacional, esforzándose permanentemente por alinear los valores y la ética de su personal, correrá el riesgo de afectar, no sólo a los altos niveles de la organización auditada, sino también a un importante estrato de la sociedad que comparte su futuro económico.
Retomando lo establecido en las Normas y Procedimientos de Auditoría Generalmente Aceptadas, emitidas por el IMCP, el “Pronunciamiento sobre normas personales”, dedica un apartado a la independencia mental, como condición básica para el trabajo del auditor. Esta independencia se refiere a la capacidad de aislar la opinión personal, basada en el análisis objetivo, de posibles conflictos de intereses con la entidad auditada.
Al respecto, conviene reflexionar hasta dónde esta independencia es posible cuando el auditor representa a una firma que ofrece servicios integrales, tanto de auditoría como de asesoría. Es decir, si la opinión resulta desfavorable porque se tomaron decisiones con base en las recomendaciones dadas por la misma firma que audita, la independencia mental del auditor podría cuestionarse.
Y no se trata de proponer que las firmas de auditores se limiten a la prestación de un solo servicio, si tienen la capacidad y experiencia para proporcionar otros con igual eficiencia. Se trata de hacer un llamado permanente dentro de estas organizaciones, a los mismos valores a los que el ser humano apela cuando sus debilidades podrían llevarlo a tomar una decisión que puede perjudicar a terceros, algunos de los cuales quizá no estén involucrados de manera alguna con el problema en cuestión, ni tengan conocimiento del mismo.
En otras palabras, si la firma de contadores presta servicios diversos, debe ser capaz de “pintar una raya” muy bien definida entre los servicios de asesoría y los de auditoría. Si permite que ambas se mezclen, el resultado puede tener graves consecuencias. Si por el contrario, su código de ética es respetado en cada uno de los ámbitos de desempeño, la firma será capaz de incrementar la confianza que le han depositado las entidades económicas que solicitan sus servicios.
No cabe duda de que ofrecer servicios integrales es un valor agregado para los clientes, siempre y cuando, esto no propicie conflictos de intereses, es decir que una firma de contadores no se vea en la disyuntiva de elegir entre la ética y la obtención de ingresos adicionales.
Esta reflexión requiere de un alto en el análisis del papel protagónico que actualmente desempeña la tecnología a nivel mundial. Los avances logrados en este campo pueden ser de gran utilidad para el auditor, especialmente si planea su auditoría analizando previamente la plataforma tecnológica y el uso que su cliente hace de ella.
Sólo en la medida en que los clientes y las firmas de contadores contratadas para revisar su situación financiera se muevan con estricto apego a sus códigos de ética y empleando la tecnología adecuada, podrán evitarse graves problemas como los que hemos presenciado recientemente.
Si Enron, Inc., Parmalat, World.com, Martha Stewart y sus asesores hubieran tomado en cuenta estas normas aparentemente sencillas de convivencia humana, otras historias se habrían escrito sobre ellos.
Y, por último, como la ética personal y la de las organizaciones confluye en un mismo punto, las firmas de contadores deben ser consistentes entre su desempeño y el que exigen de quienes trabajan para ellas, de tal forma que puedan garantizar la independencia mental que su trabajo requiere. |