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Control de calidad… cuestión de principios
martes, 06 de diciembre de 2005
*Socio de PricewaterhouseCoopers
Image En los últimos meses, constantemente, hemos escuchado acerca del control de calidad al que las firmas de Contadores Públicos estarán sujetas y regidas por un nuevo organismo que se constituirá para tal efecto.
Ante los ojos de terceros, esta situación luce poco entendible ya que al hablar de control de calidad siempre se piensa, y es lo normal, que es una actividad interna tendiente a mejorar el producto que se ofrece al público y no una revisión para verificar que el producto que se ofrece cumple con ciertas características.

En este sentido, ¿qué fue lo que realmente provocó esta situación que finalmente se tradujo en una pérdida de confianza en el servicio que presta el Contador Público independiente? Al respecto, a nivel mundial mucho se ha escrito y, finalmente, en la mayoría de los casos se llega a conclusiones similares al hablar de integridad, ética, valores morales, y como escribió Humberto Murrieta N. el “olvido del ser”.


En un artículo más o menos reciente se describe que las etapas por las que ha caminado la Contaduría Pública se podrían resumir como aparece en el cuadro 1.
 

 


1840

William Deloitte y W. Coopers se ganan el respeto de la comunidad por su habilidad para detectar fraudes


1930

La Security and Exchange Comisión hace obligatoria la revisión de los estados financieros de empresas públicas, por auditores independientes


1930

Como resultado de gran escándalo financiero (Fraude Mckesson & Robbins) se fortalecen las normas de auditoría (procedimientos obligatorios la confirmación de saldos de clientes y la observación de la toma física de los inventarios)


1975

Gran guerra de precios entre firmas de contadores y búsqueda de nuevas áreas de oportunidad (consultoría)


1980-1990

Se promueven las auditorías basadas en riesgo


2000

Después de una serie de escándalos se crea una nueva autoridad que establece normas de auditoría y otras reformas


Así las cosas, tomando como base la secuencia anterior, se observa que el prestigio y relevancia del profesional dedicado a la Contaduría Pública se fundamenta en la confianza que éste se ganó con el paso del tiempo; posteriormente, al buscar nuevas fuentes de ingreso e incorporarse nuevas actividades, adicionales al examen de los estados financieros, y profesionales distintos al Contador Público se presenta un cambio de actitud en las firmas y éstas se tornan más negociadoras; surgen las fusiones de firmas y la relevancia que antes tenían los ingresos por la auditoría de los estados financieros sufre una sensible reducción como se muestra en el cuadro 2.


Porcentaje de los ingresos por área de servicio en las firmas de Estados Unidos de Norteamérica

Firma

1975

1990

2000


A

F

C

A

F

C

A

F

C

Arthur Andersen /Andersen Consulting

 Arthur Andersen


66


18


16


35

48


21

38


44

14


43


31



26

Peat Marwick (KPMG)

68

21

11

53

27

20

45

38

17

Price Waterhouse

Coopers & Lybrand (PwC)

76

69

16

19

8

12

51

56

26

19

23

25


33


18


49

Ernst & Ernst

Arthur Young /E&Y)

73

69

17

17

10

14


53


25


22


44


30


26

Haskins & Sells

Touche Ross (D&T)

74

62

15

24

11

14


57


23


20


31


20


49

 

A= Auditoría
F= Fiscal
C= Consultoría


Del cuadro anterior se desprende que, en la medida que los nuevos servicios fueron evolucionando, los ingresos derivados de lo que era la actividad preponderante, la auditoría de los estados financieros, fueron decreciendo paulatinamente y obviamente el público en general percibía la presencia de conflicto de intereses entre los diferentes servicios que proporcionaban las firmas de Contadores Públicos, situación que sin lugar a dudas eventualmente se presentaba. En la actualidad, como es sabido, la prestación de servicios diferentes al examen de los estados financieros está limitada.


Y en ese proceso de los años 1980-1990, época en que el papel del auditor también implicó el ser asesor, el especializarse por industria, para estar más en contacto con los clientes, los auditores participaban cada día más en las decisiones de las empresas. Como alguien comentó en algún momento: “Mi involucramiento con las actividades de los clientes, es cada vez más íntima”. Lo anterior, que en un momento determinado representaba excelente atención y servicio, también se transformaba en —aun cuando fuese únicamente en apariencia— pérdida de independencia y objetividad, temas por demás actuales y cuyas normas día a día son más exigentes.


A finales de la década de 1990 e inicio de la década de 2000, llegan las mega-fusiones de empresas, la globalización, etc., y las presiones que tienen las administraciones de las compañías, sobre todo en materia de utilidades, ingresos y precios de las acciones produce creatividad financiera y falta de transparencia en las operaciones de las entidades, buscando a través de especiales interpretaciones en los principios de contabilidad los argumentos para soportar las operaciones registradas.

Lo anterior, aunado a la presión de los auditores para alcanzar metas económicas en sus firmas debilita su imparcialidad e integridad, y al final del día que es lo que se tiene; un organismo que ahora dicta la conducta de los auditores a través de pronunciamientos de carácter técnico y de conducta, que antes emitía la propia profesión. El orgullo que se tenía de pertenecer a una profesión autorregulada también se ha perdido.


A lo largo del presente artículo lo que se ha pretendido enfatizar es el hecho de que lo que ha perdido la profesión ha sido resultado de un deseo de la misma por crecer, pero tan sólo en lo económico; los valores, como también recientemente lo mencionó Enrique Zamorano, se han descuidado.


Finalmente, en la actividad del contador público independiente, el primer paso y tal vez lo más importante, para tener calidad en los servicios que se proporcionan, son los valores éticos y morales de sus integrantes, cuya obligación es heredarlos a las nuevas generaciones, el deseo de servir a la sociedad mediante una remuneración justa, el dinero debe ser consecuencia, no un fin, el reconquistar la confianza de la sociedad y continuar siendo el propio Contador Público, quien emita los lineamientos y pronunciamientos que regirán su actividad.
 
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