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El cuadro de la vida
escrito por CPC Víctor M. Mendívil Escalante   
domingo, 01 de agosto de 2004

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 De vez en cuando vuelvo la vista hacia atrás -hay recuerdos que inevitablemente me llevan a ello- y me doy cuenta que hoy miro el mundo con ojos muy distintos de los que tenía en otros tiempos. Y luego, cuando los recuerdos me llevan de una época a otra, me doy cuenta que, en realidad, en cada época los...

Ex Presidente del Instituto Mexicano de Contadores Públicos, A. C.

De vez en cuando vuelvo la vista hacia atrás -hay recuerdos que inevitablemente me llevan a ello- y me doy cuenta que hoy miro el mundo con ojos muy distintos de los que tenía en otros tiempos. Y luego, cuando los recuerdos me llevan de una época a otra, me doy cuenta que, en realidad, en cada época los ojos con los que he visto la vida, han sido diferentes. Me refiero a los ojos del alma, al sitio íntimo donde realmente habitamos, ahí donde siempre estaremos con nosotros mismos y con nadie más.

Algún recuerdo, casi un cuadro esfumado por el tiempo, me dice que la inocencia de los niños es absoluta. Que el tiempo no existe y que las cosas y las personas son y serán así, como se ven, para siempre, aún sin que se sepa lo que ese “siempre” pueda significar. Cada día es una aventura distinta, aunque tenga los mismos personajes, y algunas cosas son más agradables que otras, aunque no sepamos exactamente por qué. Que mi mamá es la mujer que más me quiere y que me gusta jugar con mis amiguitos de la calle donde vivo. Que cuando vamos al mar, en el camión de carga de mi tío, me gusta subirme a los últimos peldaños de la reja que está atrás de donde él maneja, porque el viento que siento tan agradablemente constante en mi rostro, me permite jugar con mis manos, que simulan ser aviones que suben y bajan, según los inclino frente al aire huracanado que toco, pero que no veo ni atrapo. Y los demás no existen. Y el tiempo se detiene. Y la voz de mi hermano pidiéndome que me baje, no existe.

Luego, otros recuerdos me traen la algarabía del patio de mi escuela y mi mente se llena de gritos infantiles, de juegos y de imágenes. Todavía difusas. Congeladas. Que se presentan como una secuencia de fotos, desarticulada e imprecisa. Y me encuentro contento y acompañado por amiguitos, que lo habremos de ser, “para siempre”. Sus nombres ya no existen, pero el calor de su compañía, inocente y cordial, todavía está ahí.

Otros recuerdos me dicen que los muchachos son puros y transparentes. Pero que su alma está lista para empezar a madurar y a orientarse hacia un destino. A enturbiarse o a limpiarse más. A opacarse o a brillar hasta deslumbrar. Y que no lo saben con precisión, pero que lo intuyen. Unos más, otros menos. Que el corazón empieza a manifestarse y que los sueños incluyen personajes reales. Que me puedo enamorar de la maestra o que me encanta practicar deportes al aire libre, derrochando una energía que no se acaba nunca. Y que me gusta llegar a casa, tirando los cuadernos en un lugar, que nunca es el mismo, ansioso por sentarme a comer y platicar con mi mamá de todo lo que me pasó ese día. La veo hablándome, no sé si me está regañando por algo, pero cuando se ríe conmigo me gusta mucho.

El tiempo empieza a manifestarse pero aún no me doy cuenta de que transcurre lo mismo para bien que para mal, y en el horizonte sólo veo días hermosos. Que ésta es la mejor etapa de mi vida y que estoy descubriendo cosas que me sorprenden, porque ni siquiera las imaginaba.

Luego, las imágenes se hacen más precisas y me dicen que los jóvenes, universitarios o no, son, de verdad, tan valiosos como el mejor tesoro. Que aún palpita en ellos la inocencia que parece desvanecerse por la pátina de experiencia que la cubre, pero que en realidad la protege, y que los cimientos de lo que serán en el futuro ya están echados.

La vida empieza a ser un trabajo y me llega a inquietar. Mi mamá me habla con el mismo cariño de siempre, pero a veces se pone seria y me habla como si yo fuera un adulto. (¿Dónde quedó el niño que yo era y a quien ella llamaba aniñando su voz?) Percibo que el tiempo sí transcurre y las personas y las cosas sí cambian, pero siempre hacia delante, nunca hacia atrás. Los días traen algo que debo aprovechar y el trabajo es el camino justo para encontrarlo. Me gusta esa muchacha, pero necesito ofrecerle algo permanente. Se lo voy a decir, pero no hoy.

Los recuerdos siguientes, ya grabados en roca, me dicen que los adultos son personas demasiado ocupadas (el trabajo, la familia, los vecinos, los grupos de negocios o sociales, los amigos de ahora), y que son el verdadero sostén de cualquier familia, de cualquier trabajo y de cualquier país. La verdadera solución de cualquier problema y de cualquier situación. En cualquier momento y en cualquier parte. Si su inocencia y su pureza se mantuvieron a flote, ven la vida con seguridad pero se protegen. Son confiados, pero están alertas. Son corteses sin dejar de ser firmes, Aman con un cariño genuino que siembra fortaleza en quienes lo reciben, y se apoyan en su pareja y en su familia con una seguridad que les permite dormir tranquilos, a sus horas y en su casa.

Algunos papeles se intercambian y mi mamá me pide la mano para que la guíe yo a ella, igual que cuando ella me guió a mí, hace ya mucho tiempo, cuando yo me tomaba de su mano. Me pide que cuide a mis hermanos, aunque sean mayores que yo, y cuando se ríe me ilumina el día. Los niños están creciendo y debo apurarme a abrazarlos, ahora, antes de que me empujen con sus manitas (¡ay papá, me estás apretando!; ¡ya me abrazaste mucho!) o antes de que me digan: “no me beses delante de mis amigos…”.

Recuerdos más recientes, de hace apenas unos años, me dicen que el tiempo transcurre implacable y que no somos de hierro. Que el hombre maduro ya construyó lo que tenía que construir. Que su visión de la vida es casi perfecta, y la más de las veces invariable, porque el andamiaje de su estructura mental ya es difícil de modificar. Sólo los más fuertes seguirán creciendo como personas y darán señales de eso cuando empiecen a buscar más a Dios.

Los problemas de los demás empiezan a ser los nuestros o, por lo menos, los vemos con actitud dispuesta a la ayuda. El mundo se hace pequeño y nosotros nos hacemos grandes. Algunos naufragarán en esa grandeza, por las cosas materiales e ideologías vanas, y otros navegarán a velas desplegadas en una vida discreta, casi anónima, por las cosas espirituales. Su concepto de la vida ya está dado y piensa que se mantendrá, más o menos rígido por el resto de su vida. Ha aprendido a comprender a los demás y a no interferir en sus vidas, aunque ellos puedan ser parte de su propia vida. Esa fuente de comprensión tiene sus raíces en su propia experiencia, que le ha enseñado sus limitaciones y la frecuencia con que puede caer en el error. Sabe que equivocarse es parte de la vida y que una vida no se acaba en el primer fracaso. Y sabe que el mundo es suyo, sólo si aprende a entregarse a los demás.

Las imágenes de ayer, frescas y palpitantes, del hombre que empieza a caminar el último tramo de la vida, me dicen que ésta es una experiencia maravillosa. Que las cosas no importan, pero que hacen peso. Que las personas son lo único importante, sin peros de ninguna clase. Que la vida de allá es tan importante como la vida de aquí. Mi mamá ya no está entre nosotros y con ella se han ido muchos otros amores, de todos tamaños, y eso me hace poner mi corazón un poco en esta vida y un poco en la otra. Pero no hay prisa, el aire de este mundo, frío en invierno y cálido en verano, sigue siendo vivificante. Mi esposa, mis hijos y mis nietos me esperan a comer, y en la oración de gracias, mi mamá y todos los que quiero, también estarán conmigo al partir el pan de este día.

Hay muchas cosas por hacer y todavía tengo una vida por delante.
 
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